Charla de Adviento IV

CHARLAS ESPIRITUALES DE ADVIENTO

“Preparemos la venida de Cristo que es nuestra esperanza”

 

OBJETIVOS GENERALES:

 

  • Invitar a la comunidad y a todas las familias y personas de otras comunidades e instituciones a profundizar en la espiritualidad del Adviento.
  • Renovar la esperanza en Cristo, Señor de la historia, que viene a salvarnos en esta realidad concreta que vivimos.
  • Acompañar los momentos de oración que puedan tener en este Adviento a través de los temas planteados y el material que dejamos.
  • Despertar actitudes concretas de conversión y caridad que favorezcan la preparación de la Navidad.

 

 

CUARTA CHARLA. La esperanza ante el misterio.

“María y José, modelos e intercesores de esta Navidad”

 

 

  1. Introducción.

A las puertas del nacimiento de Jesús, nos encontramos de frente a esta última charla del Adviento que ya respira aires de Nochebuena y Navidad. Mañana nos acercaremos a adorar al Niño recién nacido… Desde mañana y por varios días podremos acoger y contemplar a Jesús “la Palabra hecha carne” que habitó y habita entre nosotros. Este año será de una manera distinta… Distinta por el año que estamos terminando de recorrer y por lo que cada uno fuimos viviendo. Cada uno y todos: familias, comunidades, Iglesia, países…

 

  1. La esperanza nace del silencio y la escucha

 

El Hijo de Dios se hizo “Hombre” en un mundo ruidoso. Hasta la pequeña aldea de Belén, siempre serena y apacible, aquellos días respiraba gritos, corridas y desorden.

Sin embargo, el misterio del Nacimiento de Jesús, se hizo en silencio… en el silencio de una gruta… Y fueron unos pocos los que terminaron acogiendo, contemplando y “dando a Luz” a la Estrella sin ocaso, Cristo.

Solo los que hacen silencio pueden escuchar, acoger, disfrutar y anunciar al “Dios con nosotros”. Y quienes mejor que los padres de Jesús para ayudarnos a hacer silencio y aprender a escuchar.

El silencio en María y José recorre todas sus vidas… La Biblia es testigo privilegiada de esta verdad. El silencio en los padres de Jesús es como un gran telón de fondo que ayuda a conocer y comprender mejor la historia sagrada de siglos y siglos. También la vida de Jesús y la redención que sigue realizándose hoy en nuestro mundo.

 

Silencios de María en la Anunciación (Lc. 1, 26- 38) y que se hacen:

  • escucha al saludo reverente del Ángel Gabriel: “Alegrate, llena de gracia…”
  • escucha a la invitación a ser la “Madre” del Emanuel. “Concebirás y darás a luz un Hijo…”
  • escucha a los modos y razones a la manera de Dios: “… el Espíritu Santo descenderá sobre ti”
  • escucha y diálogo: “¿Cómo puede ser esto…?”
  • escucha y respuesta: “Hágase en la servidora del Señor” la Palabra que empezó a crecer en la carne virginal de María.

Silencios de José (Mt. 1, 18- 24) que se hacen:

  • noches espirituales de interrogantes y angustias: “no quería denunciarla públicamente”
  • noches de silencios fecundo: “mientras pensaba en esto…”
  • noches de espera y oración
  • decisiones y abandonos secretos: “decidió abandonarla en secreto…”
  • sueños de salvación de Dios para el pueblo elegido: “el Ángel se le apareció en sueños”
  • proyectos del Padre para este padre “servidor”: “no temas recibir a María como esposa…”
  • respuestas del hombre “justo” y obediente: “José hizo lo que el Ángel del Señor le ordenara”
  • respuestas y acogidas a la Madre y al Hijo: “llevó a María a su casa”

 

Busquemos tener momentos de silencio. Sabiendo que nos cuesta, redescubramos qué fecundo será buscarlo en estos próximos días de Navidad.

Silencios de nosotros que se harán:

  • escuchas pacientes y humildes
  • respuestas a nuestras noches de incertidumbres y dudas
  • invitaciones del Señor a cada uno de nosotros
  • escuchas y diálogos confiados… preguntas y respuestas
  • fecundos porque sabremos acoger la Palabra de Dios y darla a luz

 

  • La esperanza se hace acogida y contemplación.

 

“En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.

Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,

para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada”. (Lc. 2, 1-5)

Muchas veces ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos. Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión. Sin embargo, sabemos que el tiempo, la oración y el discernimiento, nos han educado en la comprensión de los misteriosos designios de Dios. Nos han servido también para una auténtica maduración cristiana. Si no nos reconciliamos con nuestra historia, ni siquiera podremos dar el paso siguiente, porque siempre seremos prisioneros de nuestras expectativas y de las consiguientes frustraciones.

José y María dejaron de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontecía en sus vidas y, por más misterioso que les parecían los caminos de Dios, acogieron la Palabra y asumieron el compromiso que les tocaba a fondo. La vida espiritual no nos muestra un camino fácil que “explica el misterio”, sino un camino que lo recibe. Sólo a partir de esta acogida podemos también intuir una historia más grande, un significado más profundo. Recordemos las palabras de Job que, ante la invitación de su esposa a rebelarse contra todo el mal que le sucedía, respondió: «Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?» (Jb 2,10).

María y José son protagonista valientes y contemplativos a la vez. Recibir los designios de Dios supone abrirnos al Espíritu Santo. Y Él es quien puede darnos la fuerza para acoger la vida tal como es, para “hacer sitio” incluso a esa parte contradictoria, inesperada y decepcionante de la existencia. Y para perseverar en esa fortaleza del Espíritu es necesaria una actitud orante… Orante contemplativa. Abierta a un Dios que nos revela sus designios a sus tiempos, modos y formas.

La venida de Jesús, esta nueva Navidad, es una gracia del Padre, para que cada uno podamos reencontrarnos y reconciliarnos con nuestra propia historia, aunque no la comprendamos del todo.

“Como Dios dijo a nuestro santo: «José, hijo de David, no temas» (Mt 1,20), parece repetirnos también a nosotros: “¡No tengan miedo!”. Tenemos que dejar de lado nuestra ira y decepción, y hacer espacio —sin ninguna resignación mundana y con una fortaleza llena de esperanza— a lo que no hemos elegido, pero está allí. Acoger la vida de esta manera nos introduce en un significado oculto. La vida de cada uno de nosotros puede comenzar de nuevo milagrosamente, si encontramos la valentía para vivirla según lo que nos dice el Evangelio. Y no importa si ahora todo parece haber tomado un rumbo equivocado y si algunas cuestiones son irreversibles. Dios puede hacer que las flores broten entre las rocas. Aun cuando nuestra conciencia nos reprocha algo, Él «es más grande que nuestra conciencia y lo sabe todo» (1 Jn 3,20).” (Papa Francisco. “Patris Corde” 8/12/20)

 

  1. La esperanza se hace obediencia y fidelidad.

Creer no significa encontrar soluciones fáciles que consuelan. La fe que Cristo nos enseñó es la que vemos brillar en María y José. Ellos afrontaron con actitudes concretas de valentía lo que les ocurría, asumiendo la responsabilidad que les tocaba.

 

“Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.” (Lc. 2, 6-7)

 

Acoger la propia historia, incluso para lo que no hemos podido elegir en nuestra vida, lleva consigo la valentía sostenida por dos virtudes más que encontramos en María y José: la obediencia y la fidelidad

Los Evangelios, muchas veces, nos pueden interpelar y llevar a preguntarnos por qué Dios no intervino más directa y claramente. Y esto se hace “humanamente evidente” tanto en la misteriosa infancia de Jesús como en su vida oculta o en la misma Pasión, Muerte y Resurrección.

 

Dios actúa a través de eventos y personas. José y María eran los instrumentos fieles y obedientes por medio del cual Dios se ocupó de los comienzos de la historia de la redención. Ellos fueron los verdaderos “milagros” de los que se sirvió el Padre para dar vida, cuidar al Niño Dios. El cielo intervino confiando en la obediente valentía de Ellos que cuando llegaron a Belén y no encontraron un lugar donde María pudiera dar a luz, se instalaron en una cueva y lo arreglaron hasta convertirlo en un lugar lo más acogedor posible para el Hijo de Dios que venía al mundo. Ante el peligro inminente de Herodes, que quería matar al Niño, José fue alertado una vez más en un sueño para protegerlo, y en medio de la noche organizó la huida a Egipto.

 

“Después de la partida de los magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».

José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto”. (cf. Mt 2,13-14).

 

Dios siempre encuentra un camino para cumplir su plan de salvación. Incluso nuestra vida parece a veces que está en manos de fuerzas superiores, pero el Evangelio nos dice que Dios siempre logra salvar lo que es importante, con la condición de que tengamos la misma obediencia fiel y creativa de María y José.  Ellos supieron transformar las pruebas en oportunidades, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia. Si a veces pareciera que Dios no nos ayuda, no significa que nos haya abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar.

“El Evangelio no da ninguna información sobre el tiempo en que María, José y el Niño permanecieron en Egipto. Sin embargo, lo que es cierto es que habrán tenido necesidad de comer, de encontrar una casa, un trabajo. No hace falta mucha imaginación para llenar el silencio del Evangelio a este respecto. La Sagrada Familia tuvo que afrontar problemas concretos como todas las demás familias, como muchos de nuestros hermanos y hermanas migrantes que incluso hoy arriesgan sus vidas forzados por las adversidades y el hambre. En el plan de salvación no se puede separar al Hijo de la Madre, de aquella que «avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con su Hijo hasta la cruz.

El Hijo del Todopoderoso viene al mundo asumiendo una condición de gran debilidad. Necesita de José para ser defendido, protegido, cuidado, criado. Dios confía en este hombre, del mismo modo que lo hace María, que encuentra en José no sólo al que quiere salvar su vida, sino al que siempre velará por ella y por el Niño. En este sentido, san José no puede dejar de ser el Custodio de la Iglesia, porque la Iglesia es la extensión del Cuerpo de Cristo en la historia, y al mismo tiempo en la maternidad de la Iglesia se manifiesta la maternidad de María. José, a la vez que continúa protegiendo a la Iglesia, sigue amparando al Niño y a su madre, y nosotros también, amando a la Iglesia, continuamos amando al Niño y a su madre. (cf. “Patris Corde”)

San Lucas, en particular, se preocupó de resaltar que los padres de Jesús observaban todas las prescripciones de la ley: los ritos de la circuncisión de Jesús, de la purificación de María después del parto, de la presentación del primogénito a Dios

 

“Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se el puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Angel antes de su concepción. Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”. También debían ofrecer un sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor. (cf. 2,21-24).

 

En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su “fiat”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní. En la vida oculta de Nazaret, bajo la protección de sus Padre, Jesús aprendió a hacer la voluntad del Padre. Dicha voluntad se transformó en su alimento diario (cf. Jn 4,34).