Historia

Durante el medioevo, el mundo cristiano se sintió desaparecer. Los moros invadían Europa y el norte de África buscando expandir la fe de Mahoma. Miles de cristianos cautivos eran obligados por crueles tormentos a renunciar a la fe católica. Así, la cultura cristiana forjada por más de un milenio a partir del Evangelio, era mortalmente amenazada. Fue en Barcelona, en 1218, que la Santísima Virgen María, haciendo honor de su nombre de la Merced (advocación con que se la honraba en aquel lugar), encomendó; a San Pedro Nolasco la fundación de una orden religiosa de monjes que se dedicaran a la liberación de los cristianos cautivos.

En algunas oportunidades, los moros aceptaban liberar prisioneros a cambio de mercancías o dinero; cuando no era posible, aquellos hombres de la Virgen, mitad monjes, mitad soldados, se entregaban a sí mismos, cambiando su libertad o su vida por la redención de otro cristiano. Así, muchos fueron mártires y muchos lograron ser redimidos.

Reconquistada España y Europa los mercedarios, que contaban ya con más de tres mil mártires, continuaron su obra de redención. Con el descubrimiento de América se presentó otro posible tipo de liberación: el anuncio del Evangelio a los aborígenes americanos. Comenzaba así otra hermosa misión. Los mercedarios llegaron al nuevo continente como obreros de primera hora. La conquista, como toda empresa humana, tuvo gruesas sombras, pero, en medio de ellas, brilló una luz, la de la fe humanizante y salvadora en Cristo y el amor a la Santísima Virgen que a nosotros llegó. Así, aquí también comenzó a llamarse a María, Nuestra Señora de la Merced o las Mercedes que, en nuestro lenguaje más cotidiano, significa "de las Gracias".

En esta tierra Argentina de promesa y gracia, las esclavitudes hoy continúan. Nuevas cadenas de muerte esclavizan a los hijos de Nuestra Señora Redentora de Cautivos: el egoísmo, la indiferencia, la sed compulsiva de placer, la droga o el alcohol, la corrupción, aferran a muchos jóvenes y adultos. Y como los antiguos mercedarios, solo tenemos una cosa para poner a disposición de la Virgen, para que Ella realice su obra liberadora: nuestras vidas.