Hora Santa 11/06

ADORACIÓN AL SANTÍSIMO. SOLEMNIDADES DEL SEÑOR. Corpus Christi

El Pan que yo daré es mi Carne para la vida del mundo”

Acuérdate del largo camino que el Señor te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años” (Deut. 8,2)

El hombre es un ser que se acostumbra a las cosas extraordinarias y, a menudo, termina quedándose con una mirada superficial de los misterios…, a menudo los considera normales y no reconoce la riqueza del significado profundo de ellos… Tal vez esto puede sucedernos con el inefable sacramento de la Eucaristía… Nuestro conocimiento sensible solo reconoce las especies del pan y el vino, mientras que lo que se oculta son la Carne y la Sangre de Cristo. Y más aún: Ellas mismas contienen en el altar los elementos de un sacrificio, de una víctima inmolada, de Cristo crucificado… Cuerpo unido con su propia sangre, su alma y la Divinidad de la Palabra. Sí, este es el “misterio de la fe” presente en la Eucaristía” (…) Llegados a este punto se asoma una pregunta tímida de nuestra parte: ¿Por qué, Señor, querías asumir estas características? ¿Por qué vienes a nosotros tan escondido y tan revelado? Aguantamos la respiración por un momento y escuchamos desde el evangelio: “Vengan a mí, todos ustedes, que están cansados ​​y oprimidos, y los refrescaré” (Mat. 11, 28). Por lo tanto, Jesús está en una actitud de invitación y de compasión por nosotros. Quiere de hecho ofrecernos, prometernos su amistad, su bondad, quiere remediar nuestros males, quiere consolarnos, más aún, quiere ser fuente de energía y de vida. “Yo soy el pan de vida” (Jn . 6, 48) Pero ¿a dónde quiere ir el Señor? ¿No es demasiado ya que haya venido al mundo por nosotros; que se haya hecho tan accesible, como para multiplicar su presencia sacramental en cada altar?” (San Pablo VI, Homilía 7 de junio de 1977)

¿Cuál es el significado específico de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo?

Nos lo manifiesta la celebración con el desarrollo de sus gestos fundamentales: 

– nos hemos reunido alrededor del altar del Señor para estar juntos en su presencia;

– luego, tendrá lugar la procesión, es decir, caminar con el Señor;

– por último, arrodillarse ante el Señor… La adoración, que comienza ya en la misa y acompaña toda la procesión, culmina en el momento final de la bendición eucarística, cuando todos nos postremos ante Aquel que se inclinó hasta nosotros y dio la vida por nosotros.

COMUNIÓN. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo… Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas: nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de él. Esta ha sido, desde los inicios, la característica del cristianismo, realizada visiblemente alrededor de la Eucaristía, y es necesario velar siempre para que las tentaciones del particularismo, aunque sea de buena fe, no vayan de hecho en sentido opuesto. Por tanto, el Corpus Christi ante todo nos recuerda que ser cristianos  quiere decir reunirse desde todas  las  partes para estar en la presencia del  único Señor y ser uno en él y con él.

PROCESIÓN: El segundo aspecto constitutivo es caminar con el Señor. Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libra de nuestras “parálisis”, nos levanta y nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este  Pan  de  la vida. La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía nos quiere librar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos reanudar el camino con la fuerza que Dios nos da mediante Jesucristo. Es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo de Egipto, la larga peregrinación a través del desierto, de la que nos ha hablado la primera lectura. Una experiencia que para Israel es constitutiva, pero que resulta ejemplar para toda la humanidad.

ADORACIÓN: Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único (cf. Jn 3, 16). Nos postramos ante Dios que primero se ha inclinado hacia el hombre, como buen Samaritano, para socorrerlo y devolverle la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, el cual da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la criatura más pequeña, a toda la historia humana y a la existencia más breve. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística; en ella el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquel ante el cual nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma. (Benedicto XVI, 22 de mayo 2008)