Hora Santa 26/06

ADORACIÓN AL SANTÍSIMO. MES DEL SAGRADO CORAZÓN II

“Que Cristo habite en sus corazones” (Ef. 3, 15)

“Todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre
sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y
sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca. Al contrario, el que escucha
mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron
las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue
grande.»
(Mt.7,21-29)
“¿Qué es lo que el Señor quiere que construyamos hoy en la vida?, y ante todo: ¿Sobre qué
cimiento quiere que construyamos nuestras vidas?
Quisiera responder a estas preguntas proponiendo tres bases estables sobre las que edificar y reconstruir
incansablemente la vida cristiana.
La primera base es la memoria. Una gracia que tenemos que pedir es la de saber recuperar la
memoria, la memoria de lo que el Señor ha hecho en nosotros y por nosotros: nos ha elegido, amado,
llamado y perdonado; hay momentos importantes de nuestra historia personal de amor con él que
debemos reavivar con la mente y el corazón… Pensando en todo esto, podéis reconocer sin duda la
presencia de Dios: él no os ha dejado solos. Incluso en medio de tremendas dificultades…,
La fe es la segunda base de la que quisiera hablaros. Existe siempre un peligro que puede
ensombrecer la luz de la fe: es la tentación de considerarla como algo del pasado, como algo importante,
pero perteneciente a otra época, como si la fe fuera un libro miniado para conservar en un museo. Sin
embargo, si se la relega a los anales de la historia, la fe pierde su fuerza transformadora, su intensa
belleza, su apertura positiva a todos. La fe, en cambio, nace y renace en el encuentro vivificante con
Jesús, en la experiencia de su misericordia que ilumina todas las situaciones de la vida. Es bueno que
revivamos todos los días este encuentro vivo con el Señor. Nos vendrá bien leer la Palabra de Dios y
abrirnos a su amor en el silencio de la oración. Nos vendrá bien dejar que el encuentro con la ternura
del Señor ilumine el corazón de alegría: una alegría más fuerte que la tristeza, una alegría que resiste
incluso ante el dolor, transformándose en paz. Todo esto renueva la vida, que se vuelva libre y dócil a las
sorpresas, lista y disponible para el Señor y para los demás. (…)
La tercera base, después de la memoria y de la fe, es el amor misericordioso: la vida del
discípulo de Jesús se basa en esta roca, la roca del amor recibido de Dios y ofrecido al prójimo. El
rostro de la Iglesia se rejuvenece y se vuelve atractivo viviendo la caridad. El amor concreto es la tarjeta de
visita del cristiano: otras formas de presentarse son engañosas e incluso inútiles, porque todos conocerán
que somos sus discípulos si nos amamos unos a otros (cf. Jn 13,35). Estamos llamados ante todo a
construir y reconstruir, sin desfallecer, caminos de comunión, a construir puentes de unión y superar
las barreras que separan… Dios habita en el corazón del que ama; Dios habita donde se ama,
especialmente donde se atiende, con fuerza y compasión, a los débiles y a los pobres. Hay mucha
necesidad de esto: se necesitan cristianos que no se dejen abatir por el cansancio y no se
desanimen ante la adversidad, sino que estén disponibles y abiertos, dispuestos a servir; se necesitan
hombres de buena voluntad, que con hechos y no sólo con palabras ayuden a los hermanos y hermanas
en dificultad; se necesitan sociedades más justas, en las que cada uno tenga una vida digna y ante todo
un trabajo justamente retribuido.
Que él se digne fortificarlos por medio de su Espíritu, conforme a la riqueza de su gloria, para que crezca en
ustedes el hombre interior. Que Cristo habite en sus corazones por la fe, y sean arraigados y edificados en el amor.
Así podrán comprender, con todos los santos, cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una
palabra, ustedes podrán conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para ser colmados por la
plenitud de Dios.
(Ef.3,16-19)
¿Cómo se puede ser misericordiosos con todos los defectos y miserias que cada uno ve dentro de
sí y a su alrededor? … lo más importante es reconocerse necesitados de misericordia y después, frente a
la miseria y las heridas que vemos, no encerrarnos en nosotros mismos, sino abrirnos con sinceridad y
confianza al Señor,

Espíritu Santo, «poderoso protector, intercesor y pacificador, te dirigimos nuestras súplicas […]
Concédenos la gracia de animarnos a la caridad y a las buenas obras […] Espíritu de mansedumbre, de
compasión, de amor al hombre y de misericordia, […] Tú que eres todo misericordia, […] ten piedad de
nosotros, según tu gran misericordia» (Himno de Pentecostés) (Papa Francisco, Armenia. 25 de junio de
2016)